Hablar de lo que no hablamos

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Por Gonzalo Córdova 

Todos nos hemos visto en algún momento de la vida en situaciones donde preferimos callar en lugar de hablar: de una forma u otra tomamos la decisión de hacer silencio. Esta decisión que es en sí misma una acción, tiene consecuencias y responsabilidades que pocas veces somos capaces de ver hasta mucho después de haber preferido no decir algo, independientemente de su naturaleza. 

Esto lo hacemos a nivel personal, a nivel familiar, en las empresas, en los gobiernos y en todas las edades, situaciones sociales, sin importar el nivel educativo e incluso la cultura en la que hemos vivido. 

¿Cuáles son las consecuencias de no hablar de lo que es necesario hablar? ¿Qué impactos ha causado en tu vida el callar? ¿Qué de lo que no dices se ha convertido en una carga y no puedes más? ¿Cómo sería tu vida si pudieras hablar de lo que no hablas? 

Estas son algunas preguntas para reflexionar, para vernos en esta circunstancia dónde tengo la sensación de que hay, en muchas culturas, un código implícito acerca de lo que no debemos decir. En este código cultural hay conversaciones que no debemos tener aunque queramos tener. Por ejemplo para no “faltar al respeto”, para no incomodar al otro, para no ocasionar un “problema”, todos estos ejemplos entre comillas. 

De pronto escucho una voz que dice “no le digas nada, se va a enojar”, o “para qué quieres, mejor no le digas”. Estoy seguro que muchos de nosotros tenemos esas voces de telenovela o de familia, aprendidas por diversas circunstancias donde el silencio nos daba más que la conversación. Uno de los aprendizajes más importantes que han ocurrido para mi en los últimos años es el de aprender que la conversación más peligrosa es justamente esa conversación que no se tiene, que por cierto, muchas veces no se tiene solamente por ganas. 

Esa conversación que no se tiene se convierte en una bomba de tiempo donde con un mínimo movimiento en falso explotan otras conversaciones además de esa que no teníamos ganas de que sucediera. Una de las razones centrales por las cuales no hablamos de lo que es importante hablar es por miedo. Por miedo a lo que ocurrirá en la conversación y por miedo a las consecuencias. Todos estos escenarios que creamos en nuestra mente son viñetas de momentos que hemos recreado y que interesantemente únicamente el 3% de esos momentos son en potencia, una realidad viable. 

En las organizaciones, las empresas, y muchos gobiernos, es preferible no decir ciertos temas o no tratar ciertas cosas para no incomodar a los empleados o a la población, cuando sabemos que es en la medida en la que hablamos y llevamos transparencia a las 

organizaciones y gobiernos que podemos planear, tomar medidas preventivas e incluso buscar soluciones ante problemas u oportunidades. No hablamos de lo necesario, de lo que necesitamos, nos cuesta tanto expresar de manera clara y explícita lo que realmente estamos deseando: por ejemplo hablar de que deseamos ser abrazados, que en realidad nos gustaría que nos hablen de una manera más dulce, o bien el tema de pedir ayuda. 

La inhabilidad de pedir ayuda viene acompañada con un sufrimiento inmenso, no poder hablar de la necesidad de requerir ayuda nos empuja automáticamente hacer algo así como los llaneros solitarios de nuestra vida. No pedir ayuda es tan grave que no permitimos que los demás nos demuestren su amor por nosotros, nos vemos desamparados por elección propia. Reconozco que no pedir ayuda es un tema muy grande sin embargo continuaremos hablando de otros temas de los cuales no hablamos para seguir expandiendo las posibilidades y ojalá desafiar este estigma. 

Algo que quizás sea impensable es hablar de lo que no nos gusta ya sea dentro de la organización o en nuestra vida privada, decir y expresar abiertamente que esa manera de ser, o esa forma de relacionarnos, o incluso ese postre no nos gusta, se convierte en un insulto con lo cual no nos damos permiso de tener esa conversación y una vez más, nos enfrentamos a un castigo autoimpuesto. de manera que si yo no expreso que eso no me gusta, garantizo que esa situación vuelva a ocurrir, sin embargo al decir que esto o aquello no es de mi agrado incremento las posibilidades de evitar verme en esa situación. 

Esto de no hablar lo vivimos incluso en el tema de nuestros sueños y de los ideales, como si al hablar de estos dos temas fuéramos a perder algún juego o alguna competencia frente a los demás. Es verdad que una de las razones de mayor peso por las cuales no hablamos es por el miedo a ser juzgados o ser rechazados, por miedo a ser criticados, o ignorados, y últimamente para evitar ser humillados, o recibir algún tipo de acoso. 

Estamos tan acostumbrados en el mundo a evitar ciertas conversaciones que incluso nos encontramos con situaciones donde la gente dice: ” no hablemos de política ni de religión para evitar problemas “. ¿Se fijan como esto ya está absolutamente metido debajo de nuestra piel? Llegamos a un mundo en el cual ya no se esperaba con todo este sistema de creencias y tabús sociales, familiares, culturales, etc. 

Dentro de muchas familias incluso muchas organizaciones un tema que es prohibido es el de hablar de dinero. Y al no hacerlo uno de las garantías es que no aprendemos acerca de dinero, no creamos habilidades y competencias en las finanzas, e incluso se convierte en un tema que nos da miedo traer a la mesa y que tiene que ver mucho con el pedir y el recibir. 

Seamos sinceros y otro de los factores por los cuales dejamos de hablar de ciertos temas es para evitar el conflicto, es como si hubiéramos aprendido que no podemos estar en desacuerdo, que todo debe de estar “bien”, aunque esto implique sacrificar nuestro 

bienestar o nuestros propios deseo. No hablamos de lo que está pasando para no incomodar, dejamos pasar frente a nosotros situaciones que obviamente son injustas y que preferimos no poner sobre la mesa para no evidenciar a los demás, particularmente cuando esto se trata de un delito o una acción que va contra los valores más fundamentales de la vida como el respeto, el amor, la compasión, la honestidad. 

Somos tan bueno callando lo que deberíamos de hablar que incluso no hablamos de la salud pues nos incomoda: por ejemplo las hemorroides, la diarrea, el mal olor, las fantasías sexuales, y todo aquello que de acuerdo con nosotros se sale de ciertos cánones inventados por quién sabe quién. Y así nos podemos pasar toda una vida al lado de una persona sin confesarle que realmente deseamos que nos cuiden cuando nos hemos enfermado, o que en realidad lo que buscábamos era caricias antes de tener una interacción sexual. 

Un subproducto de no hablar, son los secretos. Al no hablar vamos creando secretos y estos, fácilmente se convierten en mentiras pues hay que estar ocultando esas verdades que habíamos callado de manera que ahora decimos mentiras para que la verdad no salga y el efecto bola de nieve nos acaba aplastando. Cómo pueden escuchar este es un veneno que corroe tanto las venas de las organizaciones como las entrañas de las familias. Hay miles de ejemplos y estoy seguro que ustedes han vivido o han escuchado muchos lo importante es empezar a explorar que ocurre cuando hablamos de lo que no hablamos. 

1. Nos libera Cuándo finalmente hablamos de lo que nos costaba hablar nos damos cuenta que un gran peso se ha quitado de nuestra espalda, y que realmente las circunstancias que imaginábamos pocas, poquísimas veces sucede. Sin embargo al abrir la conversación vemos que finalmente pudimos expresar eso que habíamos callado. 

2. Nos visita la sorpresa Nos damos cuenta que no era tan malo ni tan difícil, incluso no sorprendemos de que ese tema que nosotros juzgábamos de muy complejo la otra persona le da la bienvenida y agradece que hayamos abierto nuestro corazón y que de ahora en adelante la sinceridad puede ser el vehículo mediante el cual nos movemos juntos. 

3. Aprendemos que no era tan peligroso Aprendemos que es más peligroso no hablar que hablar pues al no hablar estamos creando problemas mucho más grandes que por cierto escondemos debajo del tapete y todos los días pasamos sobre de ellos pretendiendo que no existen. 

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