La soledad del liderazgo en la era de la inteligencia artificial

La soledad del liderazgo en la era de la inteligencia artificial

Hay una paradoja que muchos líderes están viviendo hoy y que pocas veces se nombra en voz

alta: mientras más herramientas tienen para decidir, ejecutar y optimizar, más solos se sienten. Los

tableros de control son más precisos, los algoritmos sugieren la mejor opción en segundos, los

reportes se generan solos… y sin embargo, algo esencial parece estar desapareciendo de las

organizaciones. No es la eficiencia. Es la conversación.

Quiero detenerme hoy en esta paradoja, porque creo que es uno de los fenómenos más

silenciosos —y más urgentes— del liderazgo contemporáneo: la soledad que produce un mundo

de trabajo cada vez más mediado por inteligencia artificial.

La soledad no es estar solo

Desde el coaching ontológico, distinguimos algo importante: la soledad no es simplemente la

ausencia física de otros. Es, sobre todo, un fenómeno del lenguaje. Estamos solos cuando

dejamos de estar en conversaciones significativas con otros seres humanos; cuando las

conversaciones que sostienen nuestra vida —de coordinación, de posibilidades, de sentido— se

empobrecen o desaparecen.

Martin Heidegger hablaba del ser humano como un ser-con-otros, un Mitsein: no existimos como

individuos aislados que luego se conectan, sino que somos, desde el origen, seres constituidos en

relación. Cuando esa trama relacional se adelgaza, no perdemos solamente compañía. Perdemos

una parte de lo que nos constituye como humanos.

Y aquí está el punto que quiero traer a la conversación de hoy: la inteligencia artificial, sin

proponérselo, está adelgazando esa trama en el mundo del liderazgo.

Un liderazgo cada vez más mediado, cada vez menos conversado

Pensemos en cómo ha cambiado el día de un ejecutivo en los últimos años. Antes, una decisión

compleja implicaba llamar a varias personas, escuchar perspectivas distintas, discutir, a veces

discrepar, y finalmente construir un acuerdo. Ese proceso —lento, incómodo a veces— era

también el lugar donde se tejía confianza, se conocía al equipo, se ejercitaba el juicio.

Hoy, una parte creciente de ese proceso ocurre en la interacción con un sistema: se le pide un

análisis, se recibe una recomendación, se ejecuta. Es más rápido. Es, en muchos sentidos, más

preciso. Pero es también una conversación distinta: no hay reciprocidad genuina, no hay otro que

se juegue algo en la conversación conmigo, no hay cuerpo, no hay emocionalidad compartida.

Ludwig Wittgenstein nos enseñó que el lenguaje no es solamente un sistema para describir el

mundo, sino una forma de vida: hablamos dentro de «juegos de lenguaje» que solo cobran sentido

en la práctica compartida con otros. Cuando un líder pasa más horas «conversando» con un

modelo que generando lenguaje compartido con personas, ese juego de lenguaje empieza a

transformarse. Se vuelve más transaccional, más unidireccional. Y con ello, algo del tejido humano

de la organización se afloja.Lo que la máquina no puede hacer: prometer, declarar, comprometerse

Aquí quiero traer un concepto central del coaching ontológico, que viene de la teoría de los actos

de habla de John Austin y John Searle, y que Fernando Flores desarrolló de manera magistral para

el mundo organizacional: las organizaciones no son estructuras, son redes de conversaciones. Y

esas conversaciones se sostienen, fundamentalmente, en actos de habla como la promesa, la

petición, la oferta y la declaración.

Una inteligencia artificial puede generar texto que se parece a una promesa. Pero no puede

comprometerse. El compromiso —esa disposición corporal, emocional y ética de hacerme cargo

de algo ante otro, y de sostener mi palabra en el tiempo— es un fenómeno exclusivamente

humano. Es un acto que nace de un cuerpo, de una historia, de una relación.

Cuando los líderes delegan cada vez más decisiones a sistemas automatizados, ganan velocidad.

Pero si no son cuidadosos, pueden perder práctica en el arte más importante del liderazgo: la

capacidad de generar compromisos genuinos con otros seres humanos. Y esa capacidad, como

cualquier otra, se atrofia si no se ejercita.

El observador que la IA no puede reemplazar

Rafael Echeverría y Julio Olalla nos han enseñado que no vemos el mundo como es, sino como

somos. Cada uno de nosotros es un observador particular, y ese observador se constituye en el

lenguaje, en la corporalidad y en la emocionalidad. La pregunta que quiero poner sobre la mesa

es: ¿qué tipo de observador se está formando un líder que pasa cada vez más tiempo recibiendo

respuestas ya elaboradas, y cada vez menos tiempo elaborando su propio juicio en conversación

con otros?

Hay un riesgo real de que el liderazgo se vuelva más eficiente y, al mismo tiempo, más

empobrecido como observador. Porque el juicio —esa capacidad de discernir qué es lo pertinente

en una situación particular— no se entrena consumiendo respuestas. Se entrena en la fricción de

las conversaciones difíciles, en la incomodidad de escuchar una perspectiva que no esperábamos,

en el ejercicio de sostener una postura propia frente a la de otro.

Humberto Maturana decía que los seres humanos somos, ante todo, seres amorosos: nos

constituimos como tales en la aceptación mutua, en el encuentro genuino con el otro. Un liderazgo

que pierde esa dimensión de encuentro —por más brillante que sea en sus métricas— corre el

riesgo de volverse un liderazgo sin arraigo, técnicamente impecable y humanamente frágil.

El cuerpo también sabe

No quiero dejar fuera la dimensión somática, porque la soledad del liderazgo no se vive solo como

una idea: se vive en el cuerpo. Muchos ejecutivos que hoy reportan mayor «productividad» también

reportan más tensión, más rigidez, un sueño más pobre, una sensación difusa de desconexión

que no logran nombrar del todo.

Esto tiene sentido desde el coaching ontológico: la emocionalidad y la corporalidad no son un

adorno de nuestra vida racional, son un componente constitutivo de ella. Un cuerpo que pasa el

día interactuando con pantallas y sistemas, sin el contacto regulador que da la presencia de otroser humano —una mirada, un tono de voz, una pausa compartida— empieza a acumular una

forma de estrés que no siempre se traduce en palabras, pero que se siente.

Los líderes que ignoran esta señal corporal no solo arriesgan su bienestar personal. Arriesgan su

capacidad de liderar, porque el juicio, la creatividad y la posibilidad de generar confianza

dependen, en gran medida, de un cuerpo disponible y no de un cuerpo en alerta permanente.

Entonces, ¿qué hacemos con esto?

No se trata de rechazar la inteligencia artificial ni de idealizar el pasado. La IA está aquí para

quedarse, y ofrece posibilidades genuinas de liberar tiempo y energía. La pregunta no es si la

usamos, sino qué hacemos con el espacio que libera.

Y aquí es donde quiero ofrecer una distinción esperanzadora: el tiempo que la IA libera puede

convertirse, si lo decidimos con intención, en más tiempo para lo que solo los seres humanos

podemos hacer entre nosotros. Más conversaciones de calidad. Más espacios para escuchar de

verdad, no para procesar información. Más momentos de coordinación genuina, donde se

construyen compromisos reales, no solo tareas asignadas.

Esto requiere una práctica deliberada. Requiere que los líderes se entrenen —igual que se

entrenarían en una nueva herramienta tecnológica— en la competencia de conversar, de escuchar,

de declarar, de pedir y ofrecer con autenticidad. Requiere, en otras palabras, un trabajo sobre el

observador que uno es, y no solamente sobre las herramientas que uno usa.

Las organizaciones que van a prosperar en esta nueva etapa no van a ser las que mejor usen la

inteligencia artificial —eso, tarde o temprano, será una condición pareja para todos—. Van a ser

las que sepan sostener, en medio de esa automatización, redes humanas de confianza,

compromiso y sentido. Esa es, precisamente, una competencia que se puede desarrollar. No es

un talento con el que se nace: es una práctica que se cultiva, con acompañamiento, con espacios

de reflexión, con coaching.

Una invitación

Si usted es un líder, un fundador, o alguien que conduce equipos, le invito a hacerse una pregunta

sencilla pero incómoda: en las últimas semanas, ¿cuántas de mis conversaciones importantes las

tuve con una persona, mirándola, escuchándola, jugándome algo en el intercambio? Y ¿cuántas

las tuve con una pantalla?

No hay una respuesta correcta. Pero hacerse la pregunta ya es un acto de liderazgo consciente.

Porque en un mundo que se automatiza a gran velocidad, la ventaja competitiva más duradera no

va a estar en la tecnología que usamos, sino en nuestra capacidad —profundamente humana—

de generar confianza, de comprometernos genuinamente con otros, y de seguir siendo, en medio

de tanta eficiencia, seres que se encuentran.

Ese es, en el fondo, el trabajo de un coach ontológico: no enseñar a hacer más, sino acompañar a

ser de una manera distinta. Y en la era de la inteligencia artificial, ese trabajo se ha vuelto más

necesario que nunca.Gonzalo Córdova

Web: www.gonzalocordova.com

Redes: @gonzalocordova

Gonzalo Córdova está dedicado al desarrollo humano, es un reconocido estratega conversacional,

experto en innovar seres humanos y dinamizar líderes. Es facilitador, conferencista, coach personal

y organizacional. Ha acompañado a miles de personas en procesos internacionales de

entrenamiento, transformación y liderazgo.

Fue certificado por la International Coach Federation, nivel PCC y The Newfield Network USA. Ha

sido mentorizado por Julio Olalla, referente mundial del coaching ontológico. Licenciado en

Ciencias de la Comunicación por la Universidad Anáhuac México, fundador de BeingLab,

organización con la cual ha creado procesos de liderazgo y mejora para ejecutivos de más de 25

países. Radica con su familia en San Francisco California, EEUU.

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