El valor de conversar en equipos

El valor de conversar en equipos

Hay una escena que se repite, con variaciones mínimas, en casi cualquier organización: un

grupo de personas talentosas, comprometidas, con buenas intenciones, sentadas

alrededor de una mesa —física o virtual— incapaces de resolver algo que, en el papel, no

debería ser tan difícil. No falta inteligencia. No falta esfuerzo. Lo que falta, casi siempre, es

una conversación real. En su lugar hay reportes, actualizaciones, rondas de opiniones que

no se tocan entre sí, silencios estratégicos y una sensación compartida de que algo

importante se está quedando sin decir. Los equipos no fracasan por falta de talento;

fracasan por falta de conversaciones que coordinen ese talento hacia algo en común.

Esta observación, que podría sonar como sentido común, tiene detrás una comprensión

rigurosa de qué es el lenguaje y qué hacemos cuando hablamos unos con otros. Y es ahí

donde el coaching ontológico ofrece algo distinto a las fórmulas habituales de

“comunicación efectiva”: no se trata de hablar mejor, sino de entender que conversar es,

literalmente, la manera en que los equipos se construyen a sí mismos.

El lenguaje no describe: coordina acción

Durante mucho tiempo asumimos —sin cuestionarlo— que el lenguaje era, sobre todo, un

vehículo para describir una realidad que ya existía independientemente de nosotros.

Hablábamos para informar sobre hechos. Bajo esa mirada, una conversación de equipo

sería simplemente un intercambio de datos: yo te informo mi parte, tú me informas la tuya,

sumamos y listo.

John Austin, en su obra sobre los actos de habla, propuso algo que cambió radicalmente

esta comprensión: hay enunciados que no describen nada, sino que hacen algo en el

mismo acto de decirlos. Cuando alguien dice “prometo entregarte esto el viernes”, no está

describiendo una promesa que ya existía; está creándola en ese instante. John Searle

profundizó esta distinción al catalogar los tipos de actos de habla —afirmaciones,

promesas, peticiones, declaraciones— mostrando que cada uno genera un tipo distinto

de compromiso y de futuro compartido.

Fernando Flores llevó esta comprensión al terreno de las organizaciones con una claridad

que sigue siendo vigente décadas después: las empresas, en su núcleo, son redes de

conversaciones para la acción. No existen “procesos” al margen de las conversaciones

que los sostienen; el proceso es la conversación, sostenida en el tiempo, con sus

peticiones, ofertas, promesas y declaraciones de satisfacción. Cuando un equipo no logra

avanzar, casi siempre lo que hay debajo es una red conversacional rota: peticiones que

nunca se hicieron con claridad, promesas que se asumieron sin declararse, desacuerdos

que nunca llegaron a nombrarse como tales.Visto así, “conversar en equipo” deja de ser un lujo relacional y se convierte en la

infraestructura misma del trabajo colectivo. Un equipo que no conversa bien no es un

equipo con mal ambiente; es un equipo que literalmente no puede coordinar acción con

precisión, porque no ha construido el tejido lingüístico que la coordinación requiere.

Cada uno escucha desde un mundo distinto

Aquí aparece una segunda capa, quizás la más difícil de asimilar para quienes lideran

equipos: no existe una interpretación neutral de lo que se dice. Humberto Maturana,

biólogo chileno cuyo trabajo sobre la cognición transformó la manera en que entendemos

el lenguaje, sostuvo que los seres humanos no operamos como sistemas que reciben

información objetiva del entorno, sino como sistemas que generan significado desde su

propia estructura biológica e histórica. No vemos el mundo como es; lo vemos como

somos.

Aplicado a un equipo, esto significa que cuando el líder dice “necesitamos ser más ágiles”,

cada persona en la sala escucha algo distinto, no por mala fe, sino porque cada quien

interpreta desde su propia historia, sus experiencias previas, sus miedos y sus

expectativas. Uno escucha “trabajar más rápido y sin cuidar la calidad”. Otro escucha

“finalmente me van a dar autonomía”. Otro más escucha una crítica velada a su

desempeño. Ninguno está “equivocado”; cada uno está siendo consistente con el

observador que es.

Ludwig Wittgenstein, en su idea de que el significado de una palabra está en su uso

dentro de un juego de lenguaje compartido, nos ayuda a entender por qué esto no se

resuelve simplemente “hablando más claro”. El lenguaje de un equipo de finanzas no es el

lenguaje de un equipo de producto, aunque ambos usen palabras en español. Construir

un equipo, en este sentido, es construir un juego de lenguaje compartido: un conjunto de

significados, distinciones y prácticas conversacionales que el grupo va tejiendo con el

tiempo, y que le permite entenderse cada vez con menos fricción.

Humberto Maturana añadió una dimensión adicional que suele sorprender a los equipos

más orientados a resultados: sin la emoción adecuada, no hay conversación posible, por

más técnicamente correcta que sea. Un equipo puede tener el vocabulario perfecto y, aun

así, ser incapaz de conversar si la emoción de fondo es la desconfianza o el miedo. La

calidad de una conversación de equipo no se mide solo por la precisión de las palabras,

sino por el espacio emocional que la sostiene.

El terreno compartido antes de la palabra

Martin Heidegger ofrece una distinción que ilumina por qué tantos equipos conversan

“sobre” los temas sin nunca llegar a conversar realmente. Para Heidegger, antes decualquier enunciado explícito, ya estamos arrojados en un mundo de comprensión

compartida, de prácticas, de un “para qué” que da sentido a lo que hacemos. Un equipo

no comparte solo información; comparte —o no comparte— un mundo de sentido: qué

cuenta como éxito, qué se considera respeto, qué significa “hacer bien las cosas” en ese

contexto particular.

Muchas conversaciones de equipo fracasan no porque las palabras estén mal elegidas,

sino porque el terreno compartido de sentido nunca se construyó explícitamente. Se

asume que todos entienden lo mismo por “compromiso”, por “calidad”, por “urgente”, y

se descubre —generalmente en medio de un conflicto— que no era así. Rafael Echeverría,

retomando esta tradición filosófica y aplicándola al management, propuso que gran parte

del trabajo de un líder consiste precisamente en esto: hacer explícito el mundo de sentido

compartido, en lugar de asumirlo como dado.

Lo que el cuerpo ya sabía antes que la palabra

Ninguna de estas distinciones tiene sentido si se queda únicamente en el plano intelectual.

Julio Olalla, fundador de The Newfield Network y referente central del coaching ontológico

en el mundo hispanohablante, insistió una y otra vez en que el lenguaje no ocurre solo en

la mente: ocurre en un cuerpo, y ese cuerpo tiene su propia sabiduría, sus propias

contracciones y aperturas. Un equipo que conversa desde cuerpos cerrados —hombros

tensos, mandíbulas apretadas, respiración corta— está, sin decir una sola palabra,

comunicando desconfianza, y esa comunicación somática antecede y a menudo

desmiente cualquier discurso verbal de “trabajo en equipo” o “colaboración”.

Es común encontrar reuniones donde el contenido verbal habla de alineación y

compromiso, mientras los cuerpos presentes hablan de otra cosa: brazos cruzados,

miradas evitadas, un silencio que no es reflexión sino contención. Un equipo

emocionalmente disociado de su propia experiencia somática puede sostener, durante

meses, la ficción de que “todo está bien”, hasta que el cuerpo colectivo —en forma de

rotación, ausentismo o agotamiento— termina hablando por todos.

Por eso, cuando se trabaja el valor de conversar en equipos, no basta con enseñar

técnicas de comunicación asertiva o protocolos de feedback. Se trata de crear

condiciones para que las personas puedan habitar la conversación con su emocionalidad

y su cuerpo presentes, no escondidos detrás de un lenguaje corporativo que suena

impecable pero no logra tocar nada real. La confianza, esa palabra que tantos equipos

repiten como aspiración, no se declara: se construye conversación tras conversación, en

la coherencia entre lo que se dice, lo que se siente y lo que efectivamente se hace.

La conversación como diseño, no como accidenteVale la pena detenerse en una implicación práctica de todo lo anterior: si las

organizaciones son redes de conversaciones, entonces diseñar una organización —o un

equipo— es, en gran medida, diseñar sus conversaciones. Esto incluye decisiones que

rara vez se toman de manera consciente: ¿quién tiene autoridad para hacer qué tipo de

peticiones? ¿En qué espacios se permite declarar un desacuerdo sin que se interprete

como deslealtad? ¿Existe un ritual conversacional para cerrar ciclos, celebrar

cumplimientos y procesar incumplimientos, o todo queda flotando en la ambigüedad?

Muchos equipos de alto desempeño no lo son por la genialidad individual de sus

integrantes, sino porque han diseñado, muchas veces sin nombrarlo explícitamente, una

arquitectura conversacional clara: reuniones con un propósito conversacional definido —

coordinar, decidir, generar posibilidades, revisar el vínculo—, en lugar de reuniones donde

todo se mezcla y nada se cierra bien. Fernando Flores hablaba de la importancia de

distinguir el tipo de conversación que un equipo necesita en cada momento, porque tratar

de resolver un desacuerdo emocional con una conversación de coordinación de acción, o

viceversa, es una fuente constante de frustración silenciosa.

Conversar como práctica, no como evento

Quizás la distinción más liberadora de toda esta tradición es que conversar bien no es un

talento innato ni un evento espontáneo que ocurre cuando hay “buena química”. Es una

práctica, aprendible y entrenable, como cualquier otra disciplina. Se puede aprender a

distinguir un pedido de un reclamo. Se puede aprender a declarar un desacuerdo sin que

se convierta en una guerra de posiciones. Se puede aprender a cerrar ciclos de promesas

incumplidas sin resentimiento acumulado. Se puede aprender, incluso, a identificar en qué

momento una conversación necesita más cuerpo y menos argumento.

Los equipos que sostienen conversaciones de calidad en el tiempo no lo logran por

casualidad ni por tener personalidades especialmente armoniosas. Lo logran porque, en

algún momento, alguien —un líder, un facilitador, un coach— hizo visible la infraestructura

conversacional invisible que sostenía o saboteaba su trabajo, y el equipo decidió intervenir

deliberadamente sobre ella.

Una invitación

Si al leer esto reconoces en tu propio equipo esa sensación de estar hablando mucho y

conversando poco —de acumular reuniones sin acumular entendimiento—, quizás no se

trata de agregar una herramienta más de comunicación, sino de mirar con otros ojos la

red conversacional que ya existe entre ustedes. Ahí, en esas peticiones no hechas, esas

promesas no declaradas, esos desacuerdos nunca nombrados, suele estar la verdadera

oportunidad de transformación.Un proceso de coaching ontológico, individual o de equipo, ofrece precisamente ese

espacio: un lugar donde hacer visible lo que el lenguaje cotidiano da por sentado, y donde

aprender —con método, con cuerpo y con acompañamiento— a conversar de una

manera que efectivamente construya el futuro que el equipo dice querer. La pregunta no

es si tu equipo tiene tiempo para conversar mejor. La pregunta es cuánto tiempo, energía

y confianza sigue perdiendo por no hacerlo.

Gonzalo Córdova

Redes sociales: @gonzalocordova

Gonzalo Córdova cuenta con más de quince años de inmersión en el desarrollo humano,

es un experto en innovar seres humanos y dinamizar líderes. Es facilitador, conferencista

internacional y coach de procesos de transformación personal y organizacional. Ha

acompañado a más de 1,000 personas en procesos internacionales de certificación y

coaching individual.

Fue certificado por la International Coach Federation, nivel PCC y The Newfield Network

USA. Ha sido mentorizado por Julio Olalla, referente mundial del coaching ontológico.

Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Anáhuac, fundador de

Newfield Network México y LSHuman. Ha dirigido procesos con Fortune Companies en

más de 25 países. Radica con su familia en San Francisco California, EEUU.

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