Volver a empezar sin empezar de cero
Gonzalo Córdova
Hay momentos en la vida profesional en los que algo comienza a sentirse diferente.
No necesariamente ocurre una gran crisis. No hay una renuncia espectacular, una empresa que
quiebra o una decisión dramática. A veces simplemente aparece una sensación difícil de explicar:
“Esto que antes me hacía sentido, ya no me hace el mismo sentido.”
Y entonces aparece una pregunta incómoda: ¿Será momento de cambiar de rumbo?
Esta pregunta puede aparecerle a un empresario que lleva veinte años construyendo su compañía.
A una persona que ha ocupado durante años una posición directiva y empieza a preguntarse qué
sigue. A un emprendedor que descubre que el proyecto que imaginó ya no es el proyecto que
tiene enfrente. O incluso a alguien que aparentemente tiene éxito, pero internamente siente que
algo ya no está funcionando.
Y aquí comienza una conversación que me parece profundamente humana. Porque cambiar de
rumbo no solamente es una decisión estratégica. También es una conversación acerca de quién
estamos siendo.
Desde la perspectiva de la ontología del lenguaje, podríamos decir que los seres humanos no
solamente usamos el lenguaje para describir la realidad. Con nuestras palabras también
construimos posibilidades.
No es lo mismo decir: “Estoy atrapado en este trabajo”, que decir:“Estoy explorando qué quiero
hacer ahora.” No es lo mismo decir: “Ya fracasé.”que decir: “Esto no resultó como esperaba y
ahora tengo información que antes no tenía.”
No es lo mismo decir: “Tengo que empezar de cero”, que decir: “Voy a comenzar una nueva etapa
llevando conmigo todo lo que ya aprendí.” Parece una diferencia pequeña. No lo es.
Porque la manera en que hablamos acerca de nuestra experiencia determina, en buena medida,
las posibilidades que somos capaces de observar.
El problema de pensar que cambiar significa fracasar
Vivimos en una cultura que suele premiar la perseverancia. Y eso está bien. Nos enseñaron a no
rendirnos, a insistir, a trabajar duro, a terminar lo que empezamos. Pero hay una distinción muy
importante: Perseverar no siempre significa continuar haciendo lo mismo.
A veces perseverar significa tener el valor de cambiar. Un empresario puede pasar años intentando
resolver el mismo problema con las mismas herramientas. Un líder puede insistir en una estrategia
que alguna vez funcionó, aunque el contexto haya cambiado completamente.
Y aquí aparece una pregunta poderosa:
¿Estoy perseverando o simplemente estoy resistiendo? Porque hay una diferencia. La
perseverancia nace de una elección. La resistencia muchas veces nace del miedo. Miedo aequivocarnos. Miedo a decepcionar. Miedo a perder estatus. Miedo a que los demás piensen que
fracasamos. Miedo a reconocer que aquello que durante años defendimos ya no nos representa.
Y quizá uno de los mayores desafíos del liderazgo contemporáneo es precisamente éste: tener la
capacidad de cambiar de opinión sin sentir que estamos traicionando quiénes hemos sido.
No somos la misma persona que comenzó el proyecto
Hay algo que me gusta mucho recordar cuando hablamos de reinvención. La persona que
comenzó aquel proyecto hace diez años no sabía lo que hoy sabemos. El emprendedor que abrió
aquella empresa no tenía la experiencia que tiene ahora. El ejecutivo que aceptó aquella posición
probablemente tenía otras prioridades. La persona que eligió determinada carrera quizá estaba
buscando algo completamente distinto de lo que busca hoy. Entonces, ¿por qué esperamos que
nuestras decisiones de hace diez años sigan siendo perfectas para la persona que somos hoy? Tal
vez uno de los errores más comunes es pensar que cambiar de dirección significa admitir que
nuestra decisión anterior fue equivocada. No necesariamente. Quizá aquella decisión fue correcta
para quien éramos en ese momento. Y eso cambia completamente la conversación.
Un proyecto puede haber sido extraordinario y, sin embargo, haber llegado a su final. Una
empresa puede haber sido nuestra gran pasión y, sin embargo, necesitar una nueva etapa.
Un trabajo puede habernos dado crecimiento, aprendizaje, contactos y experiencia, y aun así dejar
de ser el lugar donde queremos estar. Cerrar una etapa no borra lo que esa etapa produjo. No
empezamos de cero. Empezamos desde la experiencia.
El cuerpo suele saber antes que la cabeza.
Y aquí quiero introducir otra dimensión que me parece fundamental: la corporalidad. Desde una
mirada de coaching ontológico, no somos solamente lenguaje. También somos cuerpo y
emocionalidad. Y esto es especialmente importante cuando estamos tomando decisiones
trascendentes. Porque muchas veces queremos resolver con la cabeza algo que nuestro cuerpo
lleva meses intentando decirnos. ¿Cuántas veces has llegado a una reunión y, antes de que
alguien diga una palabra, ya sabes que algo no está bien? ¿Cuántas veces has leído un correo y tu
cuerpo inmediatamente se tensa? ¿Cuántas veces alguien te presenta una oportunidad
extraordinaria en papel y, sin embargo, algo dentro de ti dice: “No”?
Y también sucede al revés. Hay decisiones que racionalmente parecen arriesgadas, pero cuando
las imaginamos sentimos expansión, energía, curiosidad. El cuerpo participa en nuestras
decisiones. La pregunta es si sabemos escucharlo. Eso no significa convertir cualquier sensación
corporal en una verdad absoluta. Significa desarrollar una relación más consciente con aquello que
ocurre en nosotros. Cuando pienso en continuar por este camino, ¿qué sucede en mi cuerpo?
¿Me expando o me contraigo? ¿Siento energía o agotamiento? ¿Hay curiosidad o solamente
miedo? ¿Hay tranquilidad o una tensión persistente? ¿Estoy cansado porque esto es difícil o estoy
cansado porque esto ya dejó de tener sentido para mí? Son preguntas diferentes. Y requieren
escucha.
La emocionalidad también habla
Otro elemento fundamental es la emocionalidad. Cuando alguien dice: “Estoy pensando en
cambiar de trabajo”, inmediatamente podemos preguntarle: “¿Por qué?” Pero quizá una preguntatodavía más interesante sería: “¿Desde qué emoción estás considerando cambiar?” Porque no es
lo mismo cambiar desde el miedo que cambiar desde la ambición. No es lo mismo cambiar desde
el resentimiento que desde la curiosidad. No es lo mismo renunciar porque queremos escapar que
cerrar una etapa porque queremos abrir otra. La emoción no es un obstáculo que tenemos que
eliminar para tomar buenas decisiones. La emoción nos entrega información acerca de cómo
estamos interpretando lo que ocurre. El miedo puede decirnos: “Hay algo que necesito cuidar.” La
tristeza puede decirnos: “Hay algo que necesito soltar.” La frustración puede mostrarnos: “Hay
una expectativa que no se está cumpliendo.” La ambición puede decirnos: “Hay una posibilidad
que todavía no hemos explorado.” La curiosidad puede abrirnos una puerta. Por eso hablar de
emocionalidad consciente no significa controlar las emociones. Significa aprender a reconocerlas,
escucharlas y relacionarnos con ellas de una manera más responsable.
Tres conversaciones antes de cambiar de rumbo
Cuando acompaño a alguien que está considerando una transición importante, hay tres
conversaciones que me parecen especialmente poderosas.
La primera es: ¿Qué estoy dejando atrás? No solamente qué trabajo, empresa o proyecto estoy
dejando. ¿Qué identidad estoy dejando? Porque muchas veces no nos cuesta abandonar el
proyecto. Nos cuesta abandonar la versión de nosotros mismos que construimos alrededor de ese
proyecto. “Yo soy el director.” “Yo soy el fundador.” “Yo soy el experto.” “Yo soy el que siempre
puede.” Cambiar de rumbo puede significar dejar temporalmente una identidad conocida. Y eso
puede ser profundamente incómodo.
La segunda pregunta es: ¿Qué estoy aprendiendo? No solamente “¿qué salió mal?” Sino: ¿Qué
descubrí sobre mí? ¿Qué descubrí sobre el mercado? ¿Qué descubrí sobre las personas? ¿Qué
descubrí sobre mis capacidades? ¿Qué haría diferente? ¿Qué ya no estoy dispuesto a repetir?
Y la tercera: ¿Qué posibilidad quiero abrir? Esta última pregunta cambia radicalmente la
conversación. Porque podemos quedarnos mirando la puerta que estamos cerrando o comenzar
a mirar la puerta que queremos abrir.
No necesitas tener certeza para comenzar
Uno de los grandes mitos del mundo empresarial es que las personas exitosas toman decisiones
porque tienen claridad. Muchas veces sucede exactamente al revés. Toman decisiones para
construir claridad. Esperar a tener certeza absoluta puede convertirse en una forma sofisticada de
postergar. Nunca vamos a tener toda la información. Nunca sabremos exactamente qué va a
suceder. Nunca tendremos garantías. Por eso el liderazgo requiere algo más que conocimiento.
Requiere capacidad para actuar en condiciones de incertidumbre. Y aquí el coaching ontológico
puede aportar una pregunta muy poderosa: ¿Quién necesito ser para enfrentar esta nueva etapa
No solamente: “¿Qué tengo que hacer?” Sino: “¿Quién necesito ser?” Quizá necesito ser más
paciente. Quizá necesito aprender a pedir ayuda. Quizá necesito tolerar no saber. Quizá necesito
atreverme a decir que no. Quizá necesito dejar de intentar demostrar algo. Quizá necesito
recuperar una parte de mí que había quedado olvidada. Porque un cambio externo muchas veces
exige una transformación interna.Empezar nuevamente no significa borrar la historia
Hay una frase que me gusta mucho: “Volver a empezar no significa regresar al principio.” Cuando
una persona cambia de trabajo después de veinte años, no tiene veinte años perdidos. Tiene
veinte años de experiencia. Cuando un emprendedor cierra una empresa, no desaparece todo lo
aprendido. Cuando un proyecto fracasa, tampoco desaparece la capacidad desarrollada durante
el camino. Incluso los errores pueden convertirse en activos. El problema aparece cuando
interpretamos nuestra historia únicamente desde el resultado. “Funcionó” o “no funcionó”. “Gané”
o “perdí”. “Tuve éxito” o “fracasé”. Quizá necesitamos una narrativa más amplia. ¿En quién me
convirtió esta experiencia? Esa pregunta puede transformar completamente la relación con
nuestro pasado. Porque nuestra historia no solamente explica de dónde venimos. También puede
convertirse en materia prima para construir lo que sigue.
¿Cuándo sabemos que es momento de cambiar?
No existe una fórmula universal. Pero hay algunas señales que vale la pena observar. Cuando
llevas mucho tiempo sintiendo que estás viviendo una vida profesional que ya no corresponde con
tus valores. Cuando el cansancio no desaparece después de descansar. Cuando el proyecto sigue
siendo exitoso, pero tú ya no encuentras sentido en él. Cuando la única razón para quedarte es
“porque ya invertí demasiado”. Cuando tu conversación interna está dominada por el “tengo que”
y cada vez hay menos “quiero”. Cuando aparece persistentemente una posibilidad que te genera
curiosidad. O cuando, honestamente, descubres que no quieres seguir siendo la persona que este
camino te está obligando a ser. Pero también hay que tener cuidado. No todo cansancio significa
que debemos renunciar. No toda frustración significa que debemos cambiar. No toda dificultad
significa que elegimos mal. A veces necesitamos descansar. A veces necesitamos aprender. A
veces necesitamos conversar. A veces necesitamos cambiar una estrategia y no toda nuestra vida.
Por eso el desafío no es simplemente “atreverse a cambiar”. El verdadero desafío es aprender a
distinguir entre una dificultad que necesitamos atravesar y una etapa que necesitamos cerrar.
Cinco prácticas para aprender a cambiar de rumbo con conciencia
Y quisiera cerrar con cinco prácticas muy concretas que cualquier persona puede llevarse de esta
conversación.
1. La conversación de honestidad
Una vez por semana, durante diez minutos, escribe sin editarte: “Si fuera completamente honesto
conmigo, ¿qué sé que ya no quiero seguir sosteniendo?” No busques soluciones. Solamente
escucha. Después pregunta: “¿Qué estoy evitando reconocer?” La honestidad suele ser el primer
paso de cualquier transformación.
2. El mapa de cuerpo y emoción
Antes de tomar una decisión importante, detente durante tres minutos. Respira. Observa tu
cuerpo. Pregúntate: ¿Qué siento cuando imagino quedarme? ¿Qué siento cuando imagino irme?
¿Dónde aparece tensión? ¿Dónde aparece expansión? ¿Qué emoción está presente? No
necesitas tomar una decisión inmediatamente. Primero aprende a observar.3. Cambia la pregunta
Cuando aparezca una conversación limitante, escucha tu lenguaje. En lugar de: “¿Cómo voy a
empezar de cero?” pregunta: “¿Qué puedo llevar conmigo?” En lugar de: “¿Y si fracaso?”
pregunta: “¿Qué necesitaría aprender para aumentar mis posibilidades de éxito?” En lugar de:
“¿Qué debería hacer?” pregunta: “¿Qué posibilidad quiero crear?” Una pregunta diferente puede
abrir un mundo diferente.
4. Haz pequeños experimentos
No siempre tienes que tomar una decisión definitiva. Puedes experimentar. Hablar con alguien que
ya trabaja en aquello que te interesa. Tomar un proyecto pequeño. Dar una conferencia. Probar
una nueva responsabilidad. Aprender una habilidad. Crear un prototipo. Explorar. La acción genera
información. Y muchas veces la claridad no aparece pensando más, sino experimentando mejor.
5. Escribe una carta desde tu futuro
Imagina que han pasado tres años y estás viviendo una etapa profesional que te hace sentido.
Escribe una carta desde ese futuro hacia tu yo actual. Pregúntale: ¿Qué tuve que soltar? ¿Qué
tuve que aprender? ¿Qué conversación tuve que atreverme a tener? ¿Qué miedo tuve que
atravesar? ¿Qué decisión cambió mi rumbo? Y quizá la pregunta más importante: ¿Qué me habría
arrepentido de no intentar? Guarda esa carta. Y vuelve a ella periódicamente. Porque a veces
necesitamos escuchar a la persona que todavía no somos para recordar hacia dónde queremos ir.
Para cerrar
Quizá cambiar de rumbo no sea una señal de debilidad. Quizá sea una señal de conciencia.
Porque hay una forma de valentía que consiste en quedarse. Y existe otra forma de valentía que
consiste en reconocer cuándo es momento de partir. La madurez no está solamente en saber
construir. También está en saber cerrar. No solamente en saber avanzar. También en saber
detenernos. No solamente en tener respuestas. También en atrevernos a formular nuevas
preguntas. Y quizá ésta sea una de las conversaciones más importantes que un líder, un
empresario o un emprendedor puede tener consigo mismo: “¿El camino que estoy recorriendo
todavía corresponde con la persona que me estoy convirtiendo?” Si la respuesta es sí, continúa. Si
la respuesta es no, escucha. No necesariamente tienes que destruirlo todo. No tienes que negar
tu historia. No tienes que empezar desde cero. Tal vez solamente necesitas reconocer que la
siguiente etapa de tu vida requiere una nueva dirección. Y entonces puedes dar un paso. No
porque tengas certeza. No porque no tengas miedo. Sino porque has aprendido a escuchar tu
lenguaje, tu emocionalidad, tu cuerpo y tus posibilidades. Porque al final, cambiar de rumbo no
siempre significa abandonar el camino. A veces significa, por primera vez, comenzar a caminar en
una dirección que realmente sentimos nuestra.Gonzalo Córdova
Redes sociales: @gonzalocordova
Gonzalo Córdova cuenta con más de quince años de inmersión en el desarrollo humano, es un
experto en innovar seres humanos y dinamizar líderes. Es facilitador, conferencista internacional y
coach de procesos de transformación personal y organizacional. Ha acompañado a más de 1,000
personas en procesos internacionales de certificación y coaching individual.
Fue certificado por la International Coach Federation, nivel PCC y The Newfield Network USA. Ha
sido mentorizado por Julio Olalla, referente mundial del coaching ontológico.
Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Anáhuac, fundador de Newfield
Network México y LSHuman. Ha dirigido procesos con Fortune Companies en más de 25 países.
Radica con su familia en San Francisco California, EEUU.
