Cuando las palabras que evitamos pronunciar son exactamente las que más necesitamos decir.

El arte de las conversaciones difíciles

Gonzalo Córdova

Cuando las palabras que evitamos pronunciar son exactamente las que más necesitamos decir.

Hay una conversación que llevas posponiendo. Quizás con tu socio, con ese colaborador

talentoso que no está dando los resultados esperados, con un cliente clave que cruzó una línea, o

contigo mismo en la quietud de la madrugada. Esa conversación que cada vez que aparece en tu

mente la empujas hacia el fondo con la promesa silenciosa de “la tengo mañana”. Y mañana se

convierte en semanas, en meses, en un silencio que empieza a pesar más que cualquier palabra

que hayas podido pronunciar.

Lo primero que debemos entender —y aquí es donde la ontología del lenguaje nos sacude

profundamente— es que esa conversación que no estás teniendo ya está ocurriendo. Está

ocurriendo en el cuerpo tenso cuando ves el nombre de esa persona en el teléfono. Está

ocurriendo en la reunión donde evitas el contacto visual. Está ocurriendo en la historia que te

repites a ti mismo cada noche para justificar el silencio. El lenguaje no solo describe la realidad: la

crea. Y el silencio, paradójicamente, también es lenguaje.

Somos seres lingüísticos: el lenguaje no refleja, genera

El filósofo chileno Rafael Echeverría, padre del coaching ontológico, nos legó una premisa que

cambia todo: “Los seres humanos somos seres lingüísticos. El lenguaje es lo que nos hace el tipo

de seres que somos.” Esto no es poesía filosófica. Es una arquitectura radical del modo en que

funcionamos.

En la tradición filosófica occidental, desde Aristóteles hasta bien entrado el siglo XX, el lenguaje fue

entendido como un espejo: una herramienta neutra que usamos para describir una realidad que ya

existe afuera, independiente de nosotros. Decimos “está lloviendo” porque llueve. Describimos el

mundo tal como es.

Pero la filosofía del lenguaje del siglo XX —desde Wittgenstein con su noción de “juegos de

lenguaje”, pasando por los actos de habla de Austin y Searle, hasta la ontología del lenguaje de

Heidegger y Echeverría— nos invita a una comprensión completamente diferente: el lenguaje no

solo describe, sino que construye realidades. Cuando dices “te nombro director de operaciones”,

no describes algo que ya existe: lo creas en ese momento. Cuando dices “te pido perdón”, no

reportas un estado interno: generas una realidad relacional nueva.

Y cuando dices “todo está bien” cuando nada está bien, también estás creando una realidad. Una

realidad de ficción que, sostenida en el tiempo, tiene consecuencias muy concretas: pérdida de

confianza, deterioro de vínculos, culturas organizacionales que operan en dos planos paralelos —

lo que se dice en las reuniones y lo que se dice en los pasillos.

El cuerpo que no miente: emociones como dominio del ser

Para un líder o emprendedor entrenado en la racionalidad ejecutiva, existe la tentación de creer

que las emociones son el territorio de los demás: de los equipos que hay que “gestionar”, de los

conflictos que hay que “resolver”. Pero el coaching ontológico nos dice algo que incomoda y libera

al mismo tiempo: las emociones no son obstáculos para la acción efectiva. Son el trasfondo desde

el cual toda acción se genera.

Humberto Maturana, biólogo y pensador chileno, introdujo el concepto de “emociones como

disposiciones para la acción”. No sentimos y luego actuamos: la emoción es ya una

predisposición que abre o cierra posibilidades. El miedo no solo se siente: te paraliza o te hacehuir antes de que tu mente consciente haya procesado lo que ocurre. La confianza no solo se

percibe: genera en el otro una apertura al compromiso que ningún argumento racional puede

igualar.

Entonces, ¿qué sucede cuando evitamos una conversación difícil? Generalmente, lo que ocurre es

que nos encontramos en un estado emocional que la ontología llama resentimiento: una narrativa

interna de víctima donde el otro “me hizo algo” y yo cargo el peso de esa injusticia. O vivimos en el

miedo: a la reacción del otro, al conflicto, al rechazo, a perder algo que valoramos. O habitamos la

resignación: la certeza automática de que “nada va a cambiar” que nos exime de intentarlo.

Ninguna conversación transformadora puede nacer desde esos estados. Por eso, antes de hablar,

hay que hacer algo mucho más difícil: mirar de frente el estado emocional en que nos

encontramos.

Los actos de habla y el poder de nombrar lo que es

John Austin y John Searle distinguieron tipos de actos de habla que nos resultan

extraordinariamente útiles en este contexto. Hay afirmaciones —descripciones del mundo que

pueden ser verdaderas o falsas. Hay declaraciones —actos que crean realidad cuando alguien con

autoridad los pronuncia. Y hay peticiones, ofertas, promesas y juicios —todos ellos con poder de

transformar el espacio relacional.

La mayoría de las conversaciones difíciles se evitan precisamente porque involucran actos de

habla que nos resultan costosos: hacer una petición directa (y exponernos al “no”), emitir un juicio

(y arriesgarnos al conflicto), hacer una declaración de insatisfacción (y asumir la responsabilidad

que eso implica), o pronunciar “no puedo cumplir esta promesa” (y enfrentar la decepción del

otro).

Lo que el coaching ontológico nos señala es que el costo de no hacer esos actos de habla es

siempre mayor que el costo de hacerlos. Porque en el silencio, el otro tampoco tiene acceso a la

realidad. Toma decisiones basado en información incompleta. Y la relación —personal o

profesional— se va erosionando por el desgaste de lo no dicho.

El líder que conversa desde la vulnerabilidad como fortaleza

Existe un mito poderoso en la cultura ejecutiva: que liderar es tener las respuestas, proyectar

certeza, no vacilar. La vulnerabilidad se percibe como debilidad. Brené Brown, cuya investigación

sobre vulnerabilidad sacudió el mundo corporativo, lo demostró empíricamente: la valentía y la

vulnerabilidad son inseparables. No hay acto verdaderamente valiente que no implique

incertidumbre, riesgo emocional, exposición.

Tener una conversación difícil es, en ese sentido, un acto de liderazgo auténtico. No el liderazgo

del que lo sabe todo, sino el liderazgo del que está dispuesto a colocarse en el terreno incómodo

de la verdad compartida. El equipo que ve a su líder capaz de decir “esto no está funcionando y

necesito que hablemos” —sin drama, sin acusación, desde la apertura genuina— no pierde

respeto por ese líder. Lo profundiza.

Esto es lo que en el coaching ontológico llamamos apertura: la disposición a ser afectado por el

otro, a que sus palabras, su realidad, su perspectiva modifiquen la mía. Y esa apertura no es

ingenuidad. Es la condición de posibilidad de cualquier conversación que valga la pena tener.Cinco claves prácticas para adentrarse al mundo emocional

Clave 1. Observa tu estado emocional antes de abrir la boca

Antes de iniciar cualquier conversación difícil, detente y pregúntate: ¿desde dónde estoy

hablando? ¿Desde el resentimiento, desde el miedo, desde la resignación o desde la apertura

genuina? Ninguna conversación transformadora puede nacer desde un estado que nos cierra. Si

estás en un estado emocional que te pone en modo de ataque o de defensa, pospón la

conversación conscientemente —no por evitarla, sino para prepararte— hasta que puedas hablar

desde la honestidad sin la armadura. El chequeo emocional previo no es debilidad; es inteligencia

conversacional.

Clave 2. Distingue los hechos de tus interpretaciones

Una de las mayores trampas en las conversaciones difíciles es presentar nuestras interpretaciones

como si fueran hechos objetivos. “Tú nunca cumples lo que prometes” no es un hecho: es una

generalización cargada de juicio. El hecho sería: “En los últimos tres proyectos, los entregables

llegaron fuera de fecha.” La ontología del lenguaje nos enseña a separar las afirmaciones —que

pueden verificarse— de los juicios —que son nuestra interpretación de la realidad. Cuando inicias

una conversación desde los hechos, el otro puede escuchar. Cuando empiezas desde el juicio

absoluto, solo puede defenderse.

Clave 3. Haz peticiones concretas, no reclamos vagos

La mayoría de las conversaciones difíciles terminan sin resultado no porque el conflicto sea

irresolvible, sino porque nunca se formula una petición clara. Hay queja, hay dolor expresado, hay

señalamiento del problema —pero no hay un “¿Me comprometes que a partir de ahora haremos

X?” Una petición efectiva en el lenguaje ontológico tiene cuatro elementos: quién le pide a quién,

qué condiciones de satisfacción debe cumplir la respuesta, en qué tiempo, y con qué propósito.

Aprende a cerrar tus conversaciones difíciles con una petición o una oferta. Sin eso, la

conversación es solo catarsis.

Clave 4. Practica la escucha que transforma, no la que espera su turno

Existe un tipo de escucha que en coaching ontológico llamamos “escucha del ego”: mientras el

otro habla, en realidad estás preparando tu respuesta, buscando los puntos débiles de su

argumento, o construyendo tu defensa. Es la escucha que confirma lo que ya crees. La escucha

transformadora, en cambio, se abre genuinamente a la posibilidad de que el otro tenga razón, o al

menos de que su perspectiva sea legítima aunque distinta a la tuya. Implica silencio interior. Implica

tolerar la incomodidad de no saber qué responder aún. Y es, paradójicamente, la forma más

poderosa de ejercer influencia: el otro siente que fue realmente escuchado, y desde ahí, casi

siempre, puede escuchar a su vez.

Clave 5. Cultiva el dominio emocional como práctica, no como destino

El mundo emocional no se conquista de una vez. Es un territorio que se habita con práctica

sostenida. En lo personal, esto significa crear rituales de introspección: la meditación, el diario, la

terapia, el coaching, el simple hábito de preguntarte cada noche “¿qué emoción me gobernó hoy y

cómo me sirvió o me limitó?” En lo profesional, significa construir culturas donde los estadosemocionales tengan nombre y espacio. Las organizaciones más sanas no son las que no tienen

conflictos: son las que han desarrollado la musculatura conversacional para atravesarlos. Empieza

pequeño: una conversación honesta hoy que hayas estado posponiendo. El músculo se construye

exactamente así.

Las conversaciones difíciles son, en el fondo, actos de amor y de respeto. Amor por la relación

que vale la pena cuidar con la verdad. Respeto por el otro, que merece conocer tu perspectiva real

en lugar de la versión editada que le entregas para que nadie se incomode.

Como líder, como emprendedor, como ser humano —que es siempre lo primero— cada

conversación que postergaste fue también una realidad que decidiste no crear. Hoy, en cambio,

puedes elegir distinto.

La conversación que necesitas tener está esperándote. Y el mejor momento para tenerla es ahora.

Gonzalo Córdova

Web: www.gonzalocordova.com

Redes: @gonzalocordova

Gonzalo Córdova está dedicado al desarrollo humano, es un reconocido estratega conversacional,

experto en innovar seres humanos y dinamizar líderes. Es facilitador, conferencista, coach personal

y organizacional. Ha acompañado a miles de personas en procesos internacionales de

entrenamiento, transformación y liderazgo.

Certificado por la International Coach Federation, nivel PCC y The Newfield Network USA. Ha sido

mentorizado por Julio Olalla, referente mundial del coaching ontológico. Licenciado en Ciencias de

la Comunicación por la Universidad Anáhuac México, fundador de BeingLab, organización con la

cual ha creado procesos de liderazgo y mejora para ejecutivos de más de 25 países. Radica con

su familia en San Francisco California, EEUU.

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